martes, 21 de agosto de 2007

El arte y la cultura en las esfera globales y mundializadas

Carlos Fajardo Fajardo

carfajardo@hotmail.com

I

DEL BOHÍO AL MUNDO

Mundialización cultural y globalización económica. Dos procesos que, al hacer una reflexión sobre el estado de la estética actual, deben tenerse en cuenta, sobre todo, para aclararlos y observar sus profundos impactos en las concepciones artísticas. De forma simultánea, hay que analizarlos unidos al movimiento de una posmodernidad activa y creciente, cada vez que su teoría sobre lo estético se ha visto comprometida, a medida que las transformaciones y rupturas se están presentando de manera vertiginosa.

¿Qué aspectos de fondo han sido sacudidos y mutados en el arte y la cultura por los gigantescos pasos de una globalización sin precedentes históricos? ¿Cuáles son los impactos de la mundialización de imaginarios culturales en las artes nacionales, locales y regionales? ¿Qué nuevas fisionomías va adquiriendo la teoría estética cuando algunas de sus categorías y estructuras son alteradas por las nuevas ondas de este espacio-tiempo contingente y caótico? Son arduas y necesarias averiguaciones.

Renato Ortiz, en sus libros Mundialización y Cultura (1997) y Otro territorio (1998) da buenas claves para aclarar algunos conceptos que, por lo regular, se siguen utilizando en la literatura social a pesar de las profundas transformaciones de la actualidad, o bien, se emplean mal y se confunden en su tratamiento. Tales son los casos de Globalización y Mundialización. Para este sociólogo brasilero, prosiguiendo los estudios sociales franceses, lo que se globaliza es el mercado junto a la tecnología y se mundializa la cultura. Esto es posible gracias a que actualmente existe sólo un sistema global: el capitalismo, pero múltiples culturas nacionales, locales y regionales. Económicamente el mundo gira y se controla desde un capitalismo transnacional; culturalmente la economía de mercado de los productos simbólicos y de sensibilidades, va generando un "imaginario colectivo internacional desterritorializado" (Ortiz, 1998,37) edificando lo que para este autor es la "modernidad-mundo" o momento de una sociedad mundializada en sus sistemas simbólicos y de sentidos. Estos son entonces los dos procesos globales: uno que se asume como estrategia económica y tecnológica para expandir sus macroempresas y corporaciones financieras, apropiándose por lo regular de los recursos de los países pobres, y el otro que proyecta una red de imaginarios, tanto individuales como colectivos, a través de industrias culturales, lo que bien ha llamado Néstor García Canclini "la Globalización Imaginada" (1999). Los dos procesos tratan de conectarse a las redes supranacionales para ampliar su radio de acción. Aquellos que no logran dicha conexión van desapareciendo lentamente. De allí la desigualdad en la competencia global entre quienes se impulsan a nivel planetario y los que les ha sido imposible realizar interconexiones en el mercado transnacional. Bienes materiales, mensajes culturales y artísticos viajan ambos en un tren virtual que recorre los cinco continentes, y aun cuando no los integre a todos -pues la homogeneización no se realiza de forma total- sí ubica los productos simbólicos en distintos escenarios simultáneamente.

Ambos procesos deben considerarse elementos unificadores a nivel mundial, pero no llegan a incluir "como un megaconjunto, todos los puntos del planeta. Esto significa admitir la existencia de límites estructurales -económicos, políticos y culturales- a la expansión de la modernidad-mundo" (Ortiz, 34). Dicho en otros términos, la globalización no es ni mucho menos la uniformidad de todos los sistemas; por el contrario, se nos presenta de forma ambigua y contradictoria ya que proyecta homogeneización y fragmentación; no sólo une sino que separa, multiplica las distancias y las diferencias entre las culturas e individuos; produce más desigualdades entre los pueblos ricos y los pueblos pobres. De esta manera, podemos afirmar que es un espejismo y un simulacro democrático el proyecto unificador de lo global. "El capitalismo desarrolla sus tendencias expansivas necesitando a la vez homogenizar y aprovechar la multiplicidad" (García Canclini, 1999, 51); con ello se garantiza la colocación de sus productos a nivel económico en lo nacional y local, como también de un imaginario colectivo en cada cultura, trabajando por expandir allí, en lo particular, la universalización de las mercancías. Cocacola y Sony, por ejemplo, son empresas que han logrado convertirse en un imaginario significativo para cada cultura pero también para la mayor parte del mundo. Son empresas globales y locales. La glocalización se gesta como un movimiento que aprovecha las diferencias y particularidades nacionales, regionales, locales para construir sus estrategias de mercado.

"En suma la globalización unifica e interconecta, pero también se estaciona de maneras diferentes en cada cultura" (García Canclini,181). Posee una onda integradora y de articulación empresarial, de sistemas financieros, de información y entretenimiento. Por ejemplo, Wall Street, el Bundsbank, Microsoft, Hollywood, CNN, MTV... son oligopolios con sus redes de consumidores transnacionales. Pero esta unificación de mercados materiales y simbólicos produce desigualdades y nuevas fronteras, segrega y dispersa, redistribuye no equitativamente los productos. Las migraciones, los mercados de trabajos informales, la lumpenización, las crisis de los sindicatos, los golpes a los derechos sociales, la escasez de trabajo, etc., son resultantes de la dispersión y disgregación global.1

Dichas disgregaciones se encuentran también en la mundialización de la cultura que se difunde gracias al marketing global, creando extensas redes simbólicas y económicas que organizan la cotidianidad. "Algunos comportamientos, en relación con el consumo y la manera de organización de la vida, son análogos en Tokio, París, Nueva York, San Pablo y Londres... el cine, los mass media, la publicidad, la televisión, confirman esa tendencia" (Ortiz,36-37). Estas características de una red extendida por las culturas nacionales con sus mensajes y símbolos, habría que observarlos mejor a la luz de una categoría como lo es la Desterritorialización de las sociedades, ya que buena parte de los actuales sistemas físicos, económicos e imaginarios se han fragmentado, produciendo expansión, transitoriedad, movilidad espacial y cultural. Así, podemos ahora hablar de "estratos desterritorializados", "referencias culturales desterritorializadas", fragmentación de las identidades nacionales (Ortiz, 37) o de arte desterritorializado, lo cual está más acorde con la figura cartográfica cultural del mundo contemporáneo. Ello significa que la mundialización atraviesa lo nacional y local, que ya no son entidades estáticas ni unidades autónomas, sino territorios de una gran movilidad y capacidad de transformación y desplazamiento de un imaginario cultural a otro. La desterritorialización aquí se une a las estrategias de desintegración cultural nacional y local, como también cumple el papel de homogenizador del mercado. Dispersión y unificación.

La mundialización se manifiesta, entonces, de distintas maneras según los lugares que atraviesa y desterritorializa. Cada lugar es descentrado por nuevos imaginarios y sensibilidades, impulsándose una deslocalización geocultural. Paradójico acontecimiento. Las contradicciones entre lo global y lo local se van disminuyendo, pues la desterritorialización va proyectando una cierta "identidad de coproducción internacional" aún con sus diferencias y sus semejanzas. Ciudadanías múltiples producidas por la movilidad de mercados y de culturas en lo nacional y transnacional. Esto ha favorecido el surgimiento de una "territorialidad desarraigada" que construye "ciudades globales-collage", "memoria internacional popular", dando a entender que el desarraigo, la no raíz cultural, es la expresión de nuestra época.

Sabemos que las nuevas morfologías estructurales en un mundo globalizado son las Redes e interconexiones de los procesos de producción, distribución, consumo de imaginarios y de productos simbólicos. Es este tejido el que está imperando y transformando las relaciones entre los hombres y las naciones, impactando en todas las formas cotidianas actuales. La Red se constituye en la cartografía global que integra pero también desterritorializa; que articula pero a la vez ignora a quien no se conecte a la multiplicación de flujos mundiales. La organización en red global nos está demostrando que ésta produce no igualdad de condiciones para todos, sino un desequilibrio de oportunidades y posibilidades de acceso entre los países ricos y los pobres, reproduciendo las diferencias socio-económicas, tecnológicas y culturales históricamente jerarquizadas. La multiplicidad de la oferta a través de nudos y redes, es una apariencia de democracia: todos poseen la libertad de fluir por las estructuras de las interconexiones, pero la democratización formal no significa democracia real y participativa. El flujo se opera, pero las distancias y diferencias se manifiestan en las formas de fluir y aprovechar las ganancias de las redes. Los distintos actores sociales y las naciones están estratificados y jerarquizados en la telaraña de lo global. Mientras unos son los creadores de los hilos, otros se enredan, ahogándose a veces económica y culturalmente en sus tentáculos. Los flujos, las redes y las aceleraciones de conexiones, no significa que se hayan creado espacios reales para la democracia y la equidad de oportunidades.

Es desde estos elementos de donde se debe asumir el concepto de "sistema-mundo", utilizado por varios teóricos, como forma descentrada y transformadora de las culturas nacionales fijas y autóctonas. Cambio de contextos. No quiere decir esto que el Estado Nación se disuelva, sino que otros modelos fluyen dentro de él, constituyéndose en imaginarios poderosos y mundiales, gracias al Macroproyecto del consumo, nueva forma de unidad, dependencia imaginaria y económica. Este nuevo Macroproyecto transnacional, proporciona la idea de unidad en la desterritorialización como memoria colectiva masiva que genera una ética y modo de conducta compartida por los que hacen parte de su imaginería. Caso ejemplar el de la juventud mundializada o la promoción de "estrellas de cine, ídolos de televisión (hoy proyectados mundialmente por la TV por cable y los satélites), marcas de productos... Se trata de referencias de vida. Los viajes de turismo, las visitas a Disney World, las vacaciones en el Caribe, la concurrencia a los shopping-centers, los paseos por las calles comerciales, forman parte de un mismo imaginario colectivo. Grupos de clases medias mundializadas pueden, así aproximarse, comunicarse entre sí. Comparten los mismos gustos, las mismas inclinaciones, circulan en un espacio de expectativas comunes" (Ortiz, 1998,63).

De este modo se crean espacios públicos transnacionales donde todo se conecta y se dispersa. Se unifican los gustos pero se les frustra también, gracias a la variedad y cantidad no accesible a todos; se unifican metafísicamente los deseos del consumo, pero se les separa socialmente, confirmando la no superación de las desigualdades económicas entre los distintos actores sociales. Lo que aquí se estructura es una gran escenografía simulada, en la cual se observan las dificultades y conflictos de lo global entre unos que poseen capacidad política y económica para usar los productos del mercado y otros negados a su uso. De allí que el macroproyecto del consumo instaure una ética que fomenta valores de socialización en medio de la competencia, la intolerancia y la guerra de productos en los espacios civiles, públicos y privados. Esta ética del mercado, posee en su interior las contradictorias dos agendas de lo global y la mundialización arriba mencionadas, es decir, unifica y desintegra; homogeniza y segrega. Las bases de sus principios más que críticos son conciliadores y colaboracionistas. Ella se muestra como una amalgama de universalidad y unidad que prolonga los viejos relatos racionales y fundamentalistas de Occidente. Etica problemática en tanto que también sus valores trascienden lo regional y nacional, instalándose como práctica global en lo cotidiano desterritorializado. Unidad y deslocalización. Ética con sus valores de un mercado global, pero ética en fin como sistema que hace parte de culturas mundializadas. Un ejemplo de esto lo encontramos en la memoria juvenil internacional masiva, la cual posee un léxico, unos programas televisivos afines, unas marcas de moda, publicidad y revistas similares. Individualismo, hedonismo, narcisismo, ludofilia, facilismo, escapismo, méritocracia, sensacionalismo, claustrofilia, agorafobia, efebofilia -la lista puede ampliarse- son algunos de los paradigmas éticos del consumo.2 Como resultante de ello, el consumo debe ser concebido más que un lugar de intercambios de mercancías, un gran productor de comportamientos y sensibilidades sociales. El mercado se presenta como una instancia de socialización, formadora de valores y comportamientos. Su satanización por parte de las mentalidades neo-románticas, como su juzgamiento moral, no establecen con él un estudio serio de las relaciones objetivas de sus manifestaciones. Negar su fuerza constructora de nuevos valores, ignorar su importancia en la formación de distintos territorios culturales y artísticos, sería volver la mirada a un pasado casi decimonónico de confrontación sentimental y a ciegas. Esto no quiere decir aceptación o conciliación de y con la lógica del mercado global, sino observar de forma diferente los procesos contemporáneos que obligan a establecer otras categorías y teorías frente al desarrollo del mercado y sus impactos en la sociedad.

La ética del mercado se mundializa culturalmente, promoviendo la quiebra de viejos valores tales como justicia, igualdad, solidaridad, libertad, proyectos de la modernidad ilustrada. Tal vez sea una de las causas de las ingenuas quejas sobre la crisis de los valores, lloriqueos que se limitan a la añoranza de un pasado y que invitan a detenerse en una premodernidad sin movilidad y arraigada a un territorio físico-cultural. Ignoran tales posiciones que si algo distinguió y distingue a la modernidad es la transformación y la ruptura, el viaje y el desplazamiento de todos sus órdenes. En cambio, las mentalidades encadenadas a las nociones de territorio regional o local están subordinadas al sistema de un Bohío provinciano y premoderno nada acorde con los flujos de imaginarios y sensibilidades en los mapas transnacionales. Cierto es que una posición crítico- analítica frente a los productos culturales que se han gestado es una necesidad. Sin embargo, debemos entender esa crítica con una aproximación más acorde con los movimientos planetarios recientes, superando los "puntos de vista" amurallados y sitiados de regionalismos y localismos. La confrontación entre universalismo, mundialización, territorialidad, Nación se resume para algunos defensores de lo regional como momentos de pérdida de identidades y de memoria histórica, o como imposición de ideologías foráneas desde la metrópoli. Pero estas resistencias llevan implícito la idea conservadora de Territorio (que pertenece a un pueblo y de un pueblo que pertenece a un territorio), lo que equivale a preguntarse si dicho concepto "no lleva ocultas en sí connotaciones de una sociedad premoderna, en la que los individuos nacen, crecen, desarrollan su vida, trabajan y mueren en un territorio del que ellos mismos forman parte" (Wellmer, 1996, 288). Anhelo de conservación; nostalgia por mantener relaciones premodernas. De allí la mentalidad de Bohío provinciano. Albrecht Wellmer nos sugiere que "una nación puede estar 'enraizada' en un territorio, pero no que los individuos puedan estar enraizados en un territorio; los individuos modernos son en un sentido más o menos dramático individuos 'desenraizados', que tienen la libertad de cambiar de 'communities' en el curso de sus vidas" (288). Por el contrario, la sensibilidad de Bohío adquiere unas dimensiones de Identidad inmutable que impide toda movilidad económica y cultural, aferrándose a una lengua, tradiciones y sistemas de correspondencias colectivas. En la actitud moderna el flujo de los saberes y productos simbólicos por un territorio se da de forma horizontal: "van y vienen , es decir, salen y entran" (Wellmer, 288); en cambio en las sensibilidades provincianas el flujo por el territorio es vertical, "los individuos nacen y crecen en el mismo suelo en que se mueren y son enterrados" (288), modelos de las sociedades agrarias tradicionales, centradas y cerradas mentalmente a la universalidad de la cultura.

La mentalidad de Bohío provinciano debe aceptar la innovación de sus tradiciones, pero de forma beneficiosa y productiva. Una de las desgarraduras que las nuevas estructuras mundiales están presentando a estos sistemas tradicionales es, precisamente, el estremecedor desarraigo y desplazamiento de las lógicas territoriales por la globalización y la mundialización. La desterritorialización, como ya lo anunciamos, es un principio de la modernidad y de la posmodernidad activas y de su modernización económica, lo que presupone desde luego sociedades que se descentran, transformando sus viejos establecimientos. Es esta movilidad fragmentada la que algunos habitantes del territorio verticalizado, por su sedentarismo vital y mental, ignoran o no desean asumir con sus implicaciones políticas y culturales. Quiebra y superación de barreras mentales y de sensibilidades.

Actualmente la desterritorialización de los objetos y de sistemas simbólicos y sígnicos, se ha ido incrementando hasta construir las raíces de una memoria colectiva universal gracias al mercado, las tecnologías de la comunicación, las movilizaciones globales de la cultura. Se pone en crisis la idea de sociedades cerradas, verticales y, sobre todo, se hace conciencia de las aperturas que el mercado- como dominación y poder - impone a la mentalidad de Bohío que no quiere darse cuenta de las mutaciones y desgarraduras en las viejas nociones sobre cultura e identidad y en el aura encantada que los envolvía. Desencanto de lo provinciano y territorial. Tanto el gran público como los intelectuales y artistas van siendo sometidos a estos cambios paradigmáticos que implican un reto de pensar el mundo con otras cartografías, asumiendo una actitud abierta para ver las nuevas geopolíticas, el rediseño de territorios y fronteras, la edificación de otras categorías de estudio acordes con las mutaciones imprescindibles que a gran velocidad y escala internacional se están proyectando.

II

DEL ARTE SUBLIME AL ARTE POSINDUSTRIAL

En este mundo collage; en estas culturas desterritorializadas, el arte y las teorías estéticas han sentido también los impactos de la globalización económica, tecnológica y de la mundialización cultural, actualizando la polémica entre arte y mercado, sociedad de consumo y gusto estético. Esta confrontación, que tiene su origen en el siglo XIX y un desarrollo vertiginoso a mediados del XX, se manifiesta en su totalidad a principios del XXI, produciendo reacciones en cadena en las estructuras y categorías estéticas y las producciones artísticas. El acelerado crecimiento de la cultura de masas, gracias al desarrollo de los medios de comunicación -los cuales deslocalizaron aún más a los habitantes de campos y ciudades- ha provocado un "malestar cultural" sentido entre algunos intelectuales y artistas que no ven con buenos ojos aquel crecimiento mordaz y despiadado que ha transformado lo urbano en una "sociedad de extraños" (Georg Simmel). Anonimato, soledad, extrañamiento, masificación y homogeneización de gustos y actitudes van a llevar a los intelectuales a enfrentarse con la "Cultura de masas" ya que ésta desplaza y desarticula su noción de elite privilegiada o de "hombres diferentes". De allí que los intelectuales se opongan a la racionalidad instrumental y utensiliar, la cual produce diferenciación, racionalismos burocratizados, anomia, pérdida de dirección, alieneación y explotación, control, poder y castigo. La repulsión frente al arte masivo, el "mal gusto" y el kitsch, se observa en las reflexiones que sobre la industria cultural realizó la Escuela de Francfort, especialmente Adorno y Horkheimer, origen de infinidad de posiciones teóricas e ideológicas al respecto. "Cultura de mercado" versus "cultura erudita"; "cultura de masas" versus "cultura culta". La discusión sobre cuál es el "verdadero" arte, si el promovido por las industrias culturales o el elaborado con la autenticidad de la individualidad creadora, es desde el siglo XIX una de las preocupaciones más trabajadas en las estéticas modernas y sigue atormentando a los posmodernos. Las relaciones de hoy día entre la tecnología y la cultura, manifiestas en la industria editorial, la prensa, el cine, la fotografía, la televisión, la microelectrónica y las redes, hacen parte de una situación límite que obliga a pensar las rivalidades con nuevas categorías, superando las antiguas dicotomías moralizantes, para asimilar y observar mejor las múltiples posibilidades estéticas que la cultura del mercado y la estetización ofrecen.

Se trata de superar la visión unilateral de códigos binarios que ha imperado desde los tiempos de una modernidad crítica e instalar una visión heterogénea con teorías adecuadas que no dejen de lado la tensión analítica y superen las viejas rencillas ideológicas dogmáticas, analizando los elementos que constituyen la cultura mundializada, la globalización del mercado y sus impactos en las esferas del arte.

El debate, entonces, se ha centrado en aclarar si las industrias culturales masivas privan a la sociedad de pulsiones críticas, generando la banalidad y la trivialidad de los gustos, o más bien abren fronteras, llenan al mundo de una cultura más democrática y asequible a todo público.3 Un ejemplo de ello lo tenemos en el imaginario del consumo masivo que se rige por la homogeneización y el anonimato; sin embargo, es viable aclarar que las personas escogen "libre" e individualmente los objetos ofrecidos por el mercado, pero que colectivamente "forman parte de un conjunto homogéneo de consumidores" (Ortiz, 1998,80). De una parte, se estandarizan los gustos, las sensibilidades, los imaginarios. Todos poseen un deseo de adquirir productos culturales, o dicho en otros términos, poseen al menos un imaginario colectivo con pulsión deseante para adquirirlos, y esto no es otra cosa que un proceso de homogeneización del gusto. Pero por otra, la estandarización vuelve heterogéneos los deseos puesto que ésta, como estrategia del mercado, segmenta, elige, selecciona a sus posibles compradores, esto quiere decir que cada producto cultural, estandarizado es cierto, tiene su público al cual va dirigido, proyectando un tipo de democracia simulada del gusto. No se pretende vender a "todos" los ciudadanos y consumidores los mismos productos. Allí están en las ciudades-vitrinas para que en su "libre" elección cada cual escoja según el proceso de homogeneización de su sensibilidad. La ambigüedad es conflictiva. Se homogeniza la pulsión deseante (a todos se les impone el deber de ser consumidores como un acto civilizatorio moral ciudadano) y se diversifican los productos (cantidad, variedad) para que de forma individual se adquieran, se consuman.

Las industrias culturales diversifican y homogenizan. Al público se le da, con esta lógica del consumo, una "gran variedad de lo mismo". La simulación como se ve es amplia y beneficia a la cultura del mercado transnacional. Es desde aquí de donde parten las preocupaciones de artistas e intelectuales por la basuralización cultural, las estéticas de la repetición, los componentes de una socialización light, los procesos de la transpolitización y de trans-estética criticados como resultante de la economía global del mercado. El Fin del arte, la pérdida del aura y de lo sublime, los problemas de la originalidad, la trascendencia, la autenticidad del artista versus la multiplicación, estandarización, homogeneización del mundo del arte y estetización por parte de las nuevas tecnologías, frecuentan los discursos académicos e intelectuales en el actual debate. Algunos autores se oponen ingenuamente al consumo, olvidando a veces que éste no sólo es un sistema ideológico del capital -lo cual es cierto- , sino que también es una institución formadora de una ética del mercado entre los ciudadanos, paralela a la escuela y que cumple un proyecto educativo en la construcción de la sensibilidad imaginaria y mental de los individuos. Otro caso es que dicha educación global de consumo produzca microproyectos individualistas, narcisistas, hedonismos inciviles y lleve en su interior el germen de una "antiética" de control, vigilancia y competencia capitalista.

El arte, como veremos, está inmerso en esta lógica del mercado, es cliente y asiste a esta institución educadora formadora de imaginarios. Fue ante este asombroso hecho que los artistas y teóricos del XIX y del XX se levantaron contra la sumisión que lo estético presentaba a las industrias culturales. El arte perdía la autonomía crítica y creativa ganada en la modernidad, y se alistaba en las filas de la sociedad del consumo y la masificación, mimetizándose con las esferas económicas e ideológicas capitalistas. Fuerte preocupación. La autonomía del arte, su independencia de la religión, la moral, la metafísica tradicional lograda en la fragua del Iluminismo moderno, se relajaba, cayendo ahora en otra dependencia más grave y astuta: el mercado transnacional y su mundialización. Frente a esta segunda secularización estética, este desencanto de lo ya desencantado, las teorías metafísicas y posmetafísicas les ha tocado repensar sus planteamientos con respecto al juicio, al gusto y la experiencia artística. La Escuela de Francfort, por ejemplo, con Theodor Adorno a la cabeza, es la clara muestra de la angustia sentida por el avance de las industrias culturales sobre la cultura culta y la popular, no obstante la visión más abierta de Walter Benjamín al respecto. Es en Adorno y Max Horkheimer donde se encuentran los gérmenes de la crítica a las transformaciones sufridas en el arte debido a la racionalización instrumental de la modernización económica y tecno-científica. Frente a la segunda secularización y desentronización del arte - lo llamado por algunos trans-estética o pérdida de la ilusión - las nociones mistéricas, epifánicas y auráticas sobre el arte han sido desplazadas, mutándose por otros sentidos.

Es probable que en la mundialización cultural, la idea de expresar lo sublime a través del arte no signifique nada. "La obra de arte es a la vez apariencia de lo que no aparece, de un no-ente, apariencia de una epifanía de lo absoluto" (Wellmer, 195). Esta frase de Wellmer, que nos remite a un concepto del romanticismo alemán y que dialoga con Adorno, nos sirve de ejemplo para observar las distancias de sensibilidad entre la estética moderna y la estetización posmoderna. Para Adorno "lo sublime, que Kant reservaba a la naturaleza, se convirtió después en constituyente histórico del arte mismo. Lo sublime traza la línea de demarcación respecto a aquello que más tarde se llamó la industria artística" (citado por Wellmer, 197); es decir que, para el filósofo alemán, entre lo sublime y el mercado hay una ruptura profunda y compleja, origen de la agonía del arte ilustrado. Lo sublime para Adorno posee la capacidad de constituir al arte en una experiencia de la posibilidad en medio de la imposibilidad; hace que el sujeto entre en un vértigo, en un estremecimiento de su sensibilidad, lo que de hecho prosigue la línea del sentimiento de lo sublime kantiano. Lo extraño, lo contingente, el caos, el abismo, lo absurdo, lo terrible se encuentran dominados por un sentimiento de pena y de placer en la obra de arte. Estas cualidades son las que la industria cultural postindustrial trata de ignorar o borrar de la memoria colectiva homogenizada y desterritorializada por el mercado. La estética de Adorno procura sostener una querella entre la salvación de lo sensible autónomo del arte y el hundimiento del proyecto artístico moderno en las aguas de la estetización pragmática de la tecnocultura.

En el origen de estas contradictorias posiciones, se encuentra la vieja distinción entre el arte y lo útil; la autonomía artística y la esfera de los objetos artísticos instrumentales. Del Romanticismo a Duchamp; de Vang Gogh a Warhol. Distinciones y pugnas que las hallamos ya en la modernidad triunfante, pero que en el estado de eclipse racional actual se han agudizado y expandido de forma global. Arte funcional, arte decorativo, ornamental, arte de la publicidad versus arte monumental, crítico y sublime. Desde estas diferentes bases se han edificado y hecho posible grandes innovaciones, produciendo otras visiones tanto en las pragmáticas técnicas del arte como en los sentidos de una estética que pelea aún por su autonomía4; o bien, se han fundido elaborando productos artísticos donde las cualidades de los objetos dialogan con las dimensiones instrumentales y útiles, dando así origen a un funcionalismo artístico reflejado en la publicidad, la decoración y la arquitectura posmodernas. Bricolage e hibridación de conceptos y funciones. Podríamos pensar también en el aprovechamiento de lo técnico-funcional que se realiza en algunas instalaciones o en las performances donde los límites entre la tecnología, los productos industriales del mercado y el arte desaparecen, construyendo un objeto de múltiples estilos indiferenciados.

Estas articulaciones nos llevan a reflexionar sobre cómo se han borrado las distancias prácticas y teóricas existentes entre el espacio del artista y el espacio del instrumentalizador técnico, al conseguir un "placer estético" que también puede poseer la fuerza para generar un estremecimiento de la sensibilidad, expresar lo inexpresable, la posibilidad en medio de la imposibilidad que exigía Adorno, o el "acontecer de la verdad" que proponía Heidegger. Con esto cambia de por sí el sentido del arte tradicional moderno, situándonos en una nueva idea de autonomía artística en donde la obra de arte sigue existiendo como ser autónomo que está allí y, sin embargo, ha sido elaborada con materiales y procesos multimediáticos, los cuales pierden su utilidad cotidiana en tanto entran a la esfera de lo simbólico, al universo del lenguaje poético y metafórico. Otro lenguaje, otra forma de comunicación, otros sentidos son los que adquieren las esferas técnicas y tecnológicas cuando forman parte de la obra artística. La angustia neo-romántica adorniana queda mutada en el arte de la "posmetafísica" cibercultural y transnacional de última hora.

Se llega así a re-imaginar la esfera artística y a construirla con otras lógicas acordes al mundo global que le corresponde sobrellevar. En estos contextos lo viable es preguntarse cómo se han manifestado las confrontaciones entre creatividad y comunicación masiva; experimentación y elaboración de estilos estándares o de paradigmas internacionales; lectores vanguardistas y públicos-mundo relajados; artes nacionales y artes transnacionales.

Sabemos que en las artes plásticas el "mundo del arte" está lleno de artistas-jet y críticos jet, viajeros y promotores. La estancia de la industria ha entrado a formar parte hace mucho tiempo del campo estético. Exposiciones internacionales, bienales, museos globales, revistas especializadas, registran lo novedoso del arte, pero en tanto éste se haya integrado al ordenamiento mundial del mercado, y más aún, si sus procesos de compra-venta y distribución se equiparan con los del turismo, los autos, la moda. Es decir, lo estético ha adoptado las formas y reglas de la globalización financiera: rentabilidad, expansión comercial, alejándose de la calidad artística y de los juicios conceptuales sobre la obra. Las actividades artísticas se equiparan de igual a igual con las lógicas del capitalismo postindustrial y transnacional, lo que ha puesto en aprietos a muchos puristas de la escuela crítica tradicional moderna. Así, espectáculos, moda, diseños, turismo, fotografía, vídeo, realitys show, word music, se exponen en museos y ciudades- vitrinas en la mundialización cultural.

No obstante, algo de las antiguas vanguardias queda entre las artes; éstas siguen siendo creadoras de lenguajes con sentido y simbólicas diferentes en relación con la oferta de otros productos mucho más apreciados y deseados por el público. Pero de todas maneras, las artes plásticas, la música, el cine y el vídeo han optado por superar las estéticas neo-románticas e idealistas, proyectando una desacralización de la gracia poética y de los componentes de lo sublime estético.5

En la industria editorial también encontramos estas transformaciones generadas por la mundialización cultural. El mundo del libro se ha visto sometido cambios de fondo debido al metarrelato del mercado y del consumo. Las editoriales, tanto de prestigio como las pequeñas e independientes, han sentido los impactos de la globalización; saben de los retos que tienen para publicar en tiempos tan competitivos (competencia con la televisión, la Internet, las novedades de literatura light, calendarios de farándula, publicidad, moda, etc.). Oriol Castanys, director de RBA Libros, comenta que "La brutal competitividad te obliga a estar alerta. Igual rechazas un libro que luego funciona o igual compras uno que antes había funcionado y te estrellas. Cada original que llega a tu editorial seguramente está llegando a otras, y eso te exige mirar con mucho detenimiento cada libro" ( "En el lugar de la pura anarquía". En Babelia, El País, Madrid. (24 febr., 2001). Al tratar las editoriales de conquistar el gran público, ni los escritores ficción ni los poetas son ya prioridad importante. En su lugar entran en escena realizadores de cine, guionistas y directores de seriados televisivos, diseñadores de moda, intimidades de famosos. "La literatura nunca ha estado en el centro de los intereses de la gente, siempre se ha movido en los márgenes...En Estados Unidos son los propios autores hoy que intentan promocionar sus libros. Si esperan que lo hagan los editores, cuyos departamentos de marketing quizá estén más interesados en vender recetas de cocina, están perdidos...Los autores dejaron hace años de ser niños privilegiados de los sellos globalizados, éstos están en otro negocio" ( Bárbara Probst, En Babelia, El País, Madrid. (24 febr., 2001).

A su vez, los avances de las tecnologías digitales y de las comunicaciones en red, los hipertextos, las revistas virtuales, páginas web, librerías virtuales están provocando un cambio en la relación con los procesos del arte escritural y las industrias editoriales. Entramos a un posible mundo de encuentros multilingüísticos gracias a la interacción de industrias culturales digitales y publicaciones periódicas por Internet, lo que permite un mayor desplazamiento virtual de los productos editoriales, pero ello no significa un crecimiento real de los concretos lectores. Esto hace que la demanda de la lectura en libro sea escasa y se masifique la pulsión de reproducciones y fotocopias sobre todo en el tercer mundo.6

Como se ve, la cultura del arte ha pasado a constituirse en una de las empresas productivas mas rentables del momento. No cabe duda que su expansión económica se debe al desarrollo de las tecnologías y a la formación de mercados globales para la distribución y consumo de sus productos. Así, la interconexión y las redes, el cable y los satélites, la reducción de las barreras aduaneras, los agigantados pasos de dominación del capitalismo trasnacional y postindustrial después de la caída del socialismo y de la Unión Soviética, como también la reducción del Estado y el acelerado crecimiento de la empresa privada, son espacios propicios para la intensificación del mercado cultural. Sus resultados se observan en las industrias audiovisuales, las cuales poseen actualmente una de las más altas rentabilidades económicas en el planeta. De allí que la producción de discos, vídeos clips, programas televisivos para cantantes y públicos hispanoamericanos se encuentren en Miami. Desde esta ciudad se globalizan y mundializan cantantes, integrándose al sistema económico y cultural de otros países, promoviendo en casi todos los casos las músicas de las regiones. Miami, por lo tanto, se ha convertido en un lugar glocal, donde interactúan artistas, públicos, audiencias tanto latinas como anglosajonas.7 Sin embargo, "la interrelación es desigual... Las culturas locales irrumpen en el mercado global seleccionadas y resemantizadas con criterios de gestión descontextualizados" (García Canclini-160); es decir, sus vídeos, presentaciones y discos no son producidos dentro del país ni en el contexto cultural de donde son originales, sino que se les desterritorializa, constituyéndose en una amalgama de imaginarios y simbólicas mundializados.

III

DE LAS VANGUARDIAS A LA HAUTE COUTURE


Desde estas señales e imágenes de la lógica cultural del capitalismo tardío (Jameson), se vislumbran nuevos caminos que el arte ha recorrido y espera recorrer: estética de la imagen visual, pastiches, artes híbridos, transversales; derrumbe de las fronteras discursivas y de los géneros artísticos, des-sublimación de la conciencia crítica moderna; disolución de los límites entre arte culto y arte de masas; "cultura de acompañamiento, más que de antagonismo al orden económico" (Anderson, 2000,89); pero también resquebrajamiento de los sistemas universales que buscaban el cosmos unificado y la "Bella Totalidad". Nunca antes se habían escuchado las voces de múltiples minorías hasta ahora silenciadas por los "discursos duros"; nunca antes la cultura había fragmentado tanto sus parámetros unitarios, resultando de ello una colección plural de voces, no tan contestatarias como sí controladas y organizadas por el mercado. La pérdida del sentido de "responsabilidad histórica", de "necesidad histórica" y de "actor social", tan caros a la Revolución Francesa y al Marxismo, impactó también en las concepciones de las obras de arte actual. Relajamiento frente al concepto de heroísmo histórico. Este relajamiento de la fenomenología de la esperanza, impulsó la fenomenología de la inmediatez, el cooperativismo con la institución y lo comercial. La transnacionalización transformó las clases sociales y globalizó a las burguesías nacionales. De modo que "aquella burguesía que conocían Baudelaire y Marx, Ibsen y Rimbaud, Grosz y Brecht, e incluso Sartre y O'hara, pertenece al pasado. En lugar de aquel sólido anfiteatro hay una pecera de formas fluctuantes y evanescentes: los arbitristas y ejecutivos, auditores y conserjes, administradores, funcionarios de un universo monetario que no conoce fijezas sociales ni identidades estables" (Anderson, 118).

Llegamos entonces a una "Disneyficación" de la cultura y de la política. La farandularización de todos los asuntos de la vida íntima de ricos y famosos, princesas, estrellas, políticos, hombres y mujeres de la calle, de chismes teleglobalizados hace que se vayan desapareciendo las antiguas confrontaciones conceptuales entre el arte y la cultura de masas, de modo que al entrar en estos escenarios, al arte se le disuelve su raíz y provocación vanguardista, su revuelta anticapitalista. Lo peor es que las pocas victorias logradas al establecimiento han sido absorbidas y oficializadas por la economía de mercado y de consumo. Los medios masivos diseñan sus productos con las experimentaciones estéticas que tanta lucha costó a los artistas para ser valoradas como importantes revoluciones en los paradigmas de la cultura occidental.8 Las nuevas tecnologías de posguerra ayudan a este desplazamiento crítico y sistemático de las vanguardias artísticas. La televisión transformó las comunicaciones de masas y con ella comenzó la verdadera revolución tecnológica posmoderna. Al decir de Perry Anderson, "antaño la modernidad estaba poseída, con júbilo o con alarma, por las imágenes de la maquinaria; ahora la posmodernidad es presa de una maquinaria de imágenes" (122). Máquinas más que de producción de reproducción de imágenes; máquinas volátiles, ingrávidas. La televisión y el ordenador encarnan la levedad de los discursos posmodernos, su trasmisión simultánea e inmediata, su velocidad y fluidez, la rápida fugacidad de imágenes esperadas por sus consumidores.

Las transformaciones sociales, económicas, tecnológicas, políticas en el seno de la idea moderna de emancipación y vanguardia han generado entre los activistas y artistas contestatarios la sensación y experiencia de la derrota. Arte neo-romántico y vanguardista derrotado; proclamación de nuevos conceptos estéticos en la sociedad globalizada y mundializada. Fin de los manifiestos y de las declaraciones artísticas, poéticas. Con su caída se derrumban las proclamas grupales y partidistas, las propuestas de ruptura y los discursos con pretensiones universalistas. Agotamiento de los ismos de innovación como se concibieron en las vanguardias; surgimiento de otros ismos frágiles, útiles para un arte decorativo, ornamental, etiquetado por la moda y la haute couture.

Sin embargo, ha de apreciarse que también existe una tendencia estética de procedimiento analítico que reconfigura o recontextualiza desde lo posmoderno crítico a la posmodernidad sintética relajada y consumista. De esta manera, podríamos lanzar la tesis de que existen dos o más posmodernidades: la que cuestiona, desde la filosofía y el arte, a los paradigmas modernos, a los fundamentos últimos de Occidente, a la razón unitaria y universalista, y la que ha sido producida, impulsada globalmente por la economía del mercado, construyendo un nuevo macrorrelato y fundamento último: el consumo. Así, el nuevo mapa se presenta con, por un lado, una posmodernidad crítica y estética; por otro, una posmodernización económica y de estetización . La primera de origen europea e iniciada también en algunos círculos intelectuales norteamericanos; la segunda de origen transnacional y postindustrial en los países del primer mundo con Estados Unidos a la cabeza. Esta tesis no pretende una dicotomía reduccionista entre una y otra posmodernidad, pues entre ellas existen, como en el caso del arte, una fuerte atracción e influencia.

El mercado del arte atraviesa- como ya vimos- todos los parámetros analíticos y críticos sobre el mismo, no sólo en la pintura, la poesía, la música, el vídeo y el cine, sino en sus otras manifestaciones. Arte y mercado; reflexión estética y mercado; revistas, proyectos académicos, difusión pedagógica y educativa se unen con la basuralización mediática y económica de la cultura. Los distintos saberes, junto al arte y la estética, ubicados en sus puertos de resistencia crítica, se igualan por gracia del mercado y la estandarización de la economía capitalista con los productos ideológicos de la relajación crítica y la estetización consumista de lo cotidiano. Por ejemplo, los primeros movimientos posmodernos en las artes visuales, tales como el Pop Art (lanzado hacia 1962) con Andy Warhol, Rauchenberg a la cabeza y el Minimalismo (lanzado hacia 1965-66), ofrecen el proceso de lo aquí anunciado: un apego apresurado a las normas del mercado, a los mass media, al poder, a lo comercial y a la cultura del espectáculo. Como producto de estas dialogías entre la estética y la estetización, surgió el arte de las instalaciones- hijas directas del Conceptualismo- y las performances. Los estilos y géneros únicos estaban en los años sesenta a punto de dar paso a las hibridaciones y mezclas en las estructuras artísticas. Moda, microelectrónica, turismo, publicidad, técnicas antiguas y tradicionales, nuevas definiciones y procesos multiculturales, industrias culturales que proponían y proponen otro régimen, se conjugaban sin poseer ese sentido de delito y culpabilidad que los discursos puristas habían procurado introducir en las estéticas con "nostalgia del Ser" y metafísicas.

Desde ese momento, el arte de elite y el arte de masas no denotan ya diferencias. Es el mercado quien las une y alimenta mundializando sus productos como mercancías. De allí que aceptemos la siguiente afirmación de Perry Anderson, al comentar a Peter Wollen, sobre el estado actual de lo estético: "el arte contemporáneo se ve arrastrado en dos direcciones: un deseo de 'revalorizar la tradición moderna, reincorporando alguno de sus elementos como conectivo a la nueva cultura visual posmoderna', frente a un impulso de 'arrojarse de cabeza al nuevo mundo seductor de la celebridad, la comercialidad y el sensacionalismo"(146).

Las industrias culturales producen estas diferencias contradictorias y dialogantes que encontramos en la transformación de la imagen artística en diseños domésticos, en la producción de lo bello como dispositivo decorativo y de espectáculo, en la absorción de todas las formas culturales en un solo sistema de mercado, en la utilización de las nuevas tecnologías tanto para proclamas críticas como para la basuralización mediática.

Lo cierto es que, mientras el nuevo metarrelato siga siendo el consumo, se acrecentará cada día más el radio de estos imaginarios y sensibilidades de la mundialización. Frente a estos nuevos estadios geoestéticos y geoculturales, afirmamos con Jameson que "nuestra tarea más urgente será denunciar incansablemente las formas económicas que por ahora han logrado reinar como instancia suprema e incontestada", y cuestionar las falsas utopías creadas por la estetización en los imaginarios colectivos sin horizonte histórico.

FEBRERO- MARZO DE 2001

BIBLIOGRAFÍA

* ANDERSON, Perry. Los orígenes de la posmodernidad. Barcelona: Anagrama, 2000.

* BRUNNER, José Joaquín. Educación: Escenarios de Futuro. Nuevas tecnologías y sociedad de la información. Bogotá: Documentos. Desde Abajo, 2000.

* CASTANYS, Oriol. "En el lugar de la pura anarquía". En Babelia, El País, Madrid. (24 febr., 2001).

* GARCIA CANCLINI, Néstor. La Globalización imaginada. Buenos Aires: Piados, 1999.

* GUBERN, Román. El Eros Electrónico. Madrid: Taurus, 2000.

* ORTIZ, Renato. Los artífices de una cultura mundializada. Santafé de Bogotá: Fundación Social, Siglo del Hombre Editores, 1998.

* ———Mundialización y Cultura. Buenos Aires: Alianza, 1997.

* ———Otro Territorio. Santafé de Bogotá: Convenio Andrés Bello, 1998.

* PROBST, Bárbara. "En el lugar de la pura anarquía". En Babelia, El País, Madrid. (24 febr., 2001).

* WELLMER, Albrecht. Finales de partida: la modernidad irreconciliable. Madrid: Cátedra, 1996.

Notas:

1. Desde la perspectiva de José Joaquín Brunner "la globalización comprende no sólo el movimiento de bienes y servicios, sino que, además, de personas, inversiones, ideas, valores y tecnologías más allá de las fronteras de los países. Significa una reorganización del espacio económico mundial, una reestructuración de los mercados laborales y un progresivo debilitamiento de los Estados Nacionales... Se crea así mismo todo un nuevo entramado de relaciones políticas, sin que eso signifique el fin de las querellas locales". (2000, 9-10).

2. La mayor difusión de estos valores del consumo y del mercado hace presencia en las iconoadicciones televisivas y programaciones radiales. Por ejemplo, en las telenovelas. Uno de los seriados de gran impacto mundial entre los años 2000 y 2001 ha sido Yo soy Betty la Fea, el cual registra en sus capítulos los cánones de la empresa que la produce (RCN del Grupo Ardila Lule) impulsando a que los televidentes reproduzcan, lo más fiel posible, los gustos y deseos de consumo de los protagonistas hacia los productos comerciales globales y del mencionado oligopolio.

3. Para Néstor García Canclini dicha oposición y discusión entre artistas y escritores devorados por el Establishment cultural de consumo y los que "aún siendo recibidos por él, rechazan la agenda única con que el mercado estructura la esfera pública" (1999, 199) se observa en éstos últimos cuando "cumplen una función contrapública en tanto introducen temas locales o formas de enunciarlos que parecen improductivos para la hegemonía mercantil. Quienes requieren usar tanto tiempo para una actividad privada de dudosos réditos (¿cuatro años para escribir una novela que van a leer dos mil personas?), y confiesan dedicar semanas y meses a decir en una página de un modo asombroso lo que algunos viven o a discutir lo que muchos prefieren olvidar, son personajes contrapúblicos" (200). A su lado se posan las telenovelas "en las cuales producir un capítulo de una hora requiere invertir entre 100 y 120 mil dólares, y filmarlo en tres días para luego venderlo a más de cien países..." (200).

4. Cf. mi ensayo "Estructuras, figuras y categorías neobarrocas en el arte posmoderno" en Charlas a la Intemperie. Un estudio sobre las sensibilidades y estéticas de la modernidad y la posmodernidad. Universidad INCCA de Colombia, 2000, págs. 122-131. o "Estructuras, Figuras y Categorías en el arte de fin de siglo". En Espéculo # 11. Revista de Estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.

http//www.ucm.es/info/especulo/numero11/est_figu.html

5. (Cf. Fajardo Fajardo, Carlos. Posmodernidad y estetización de la cultura, en el libro Charlas a la intemperie, o Estetización de la cultura ¿pérdida del sentimiento sublime? En Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. El URL de este documento es

http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/estetiz.html

6. Al decir de García Canclini, existen otros factores con los que la industria cultural latinoamericana debe batallar en su expansión. Estos son: "a)los bajos índices de lectura en los países latinoamericanos como resultado de la deficiente escolarización, la escasez de bibliotecas públicas (salvo México) y de programas estatales que estimulen la formación de lectores y protejan e incentiven la producción local; b)la precariedad histórica de sistemas de distribución regional y nacional...; c)la caída del poder adquisitivo de las clase media y populares, el deterioro de la enseñanza secundaria y universitaria, donde el estudio pierde la relación física con las obras y se desliza, según la frase de Carlos Monsiváis, al 'grado xerox de la lectura'". (1999, 153-154).

7. Ricky Martin, Carlos Vives, Shakira, Jennifer López, Cristina Aguilera, Maná, etc., son los productos de esa glocalización que años tras año se disputan las nominaciones a los premios Grammy y su permanencia en la memoria del imaginario juvenil internacional.

8. Un ejemplo de la utilización de las exploraciones y experimentaciones del arte vanguardista lo observamos en el género televisivo del vídeoclips musical. La publicidad y el espectáculo junto a las imágenes de la estética visual vanguardista se fusionan e interactúan con la diferencia de que mientras la propuesta artística de vanguardia es provocar la maravilla, el extrañamiento y "nuevas miradas" sobre la realidad estandarizada, los vídeoclips musicales pretenden el efecto opuesto, es decir, "el efecto de la fascinación y de la seducción hipnótica, destinada a desembocar en el acto consumista de la compra del producto publicitario" (Gubern, 2000,55). El resultado es notorio: una interacción entre arte y mercado, constituyéndose éste último en el poder legitimador del gusto y de la productividad artística.

CARLOS FAJARDO FAJARDO nació en Santiago de Cali. Poeta y ensayista. Filósofo de la Universidad del Cauca. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana y candidato a Doctor en Literatura de la UNED (España). Se desempeña como profesor en la Universidad Distrital y Universidad INCCA de Colombia. Ha publicado entre otras obras Origen de Silencios. Fundación Banco de Estado, Popayán (1981), Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá (1990), Veraneras, Si Mañana Despierto Ediciones, Santafé de Bogotá (1995), Atlas de callejerías. Trilce Editores, Santafé de Bogotá (1997) y varios ensayos nacional e internacionalmente. Ganador del premio de poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali 1991; Mención de Honor en el Premio Jorge Isaacs 1996 y 1997, Mención de Honor Premio Ciudad de Bogotá, 1994. Su libro Charlas a la Intemperie. Un estudio de las sensibilidades y estéticas de la modernidad y posmodernidad, fue publicado en noviembre del 2000 por la Universidad INCCA de Colombia.

© Carlos Fajardo Fajardo 2001

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid


1 comentario:

Carlos dijo...

Muy buen blog, le felicito. Tal vez le interese EL ARTE DE LA VENTAJA, libro virtual para descargar en

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