martes, 21 de agosto de 2007

La generación beatnik




Tomado de www.punksunidos.com.ar


Fue la generación de los derrotados. La generación Beat -cuyos miembros han acabado siendo conocidos como beatniks- es un punto de referencia ineludible para comprender todos los movimientos sociales e intelectuales posteriores.

El termino ´Generación Beat´ tuvo sus origenes con John Clellon Holmes y Jack Kerouac que describían así a la gente de su edad que vivía en Nueva York a finales de los 40´s. El termino ´beat´ viene de ´beaten down´ (derrotado), reflejando la desesperación frente a una sociedad barrida por la depresión económica, la segunda guerra mundial y la amenaza de la bomba atómica. Los beatniks (la partícula -nik es un sufijo despectivo yiddish -dialecto judeogermano-; así pues, beatnik viene a significar ´derrotaducho´) optaron, vista la situación, por una actitud que se despojase de todas las falsas moralidades y mostrara al hombre desnudo y sincero. Esta celebración del individuo como único, que rechazaba todas las posturas políticas por considerarlas intrínsecamente opresivas, tiene mayor valor considerando la política norteamericana del momento, no sólo reflejada en el anticomunismo atroz o en el desmesurado crecimiento de la burocracia, sino -por la parte que les tocaba- en la aplicación de técnicas como el electroshock o la lobotomía para tratar ´enfermedades sociales´ como la homosexualidad o el inconformismo.

Esta acepción de la espontaneidad como forma de vida, de la respuesta libre de concepciones sociales, este ascetismo frente a una sociedad básicamente materialista, logró liberar -de una forma natural, sin pretensiones iniciales- tanto a los practicantes como a quienes les observaron.

Toda esta situación fue inmortalizada por escritores -algunos de ellos excelentes, como Burroughs, Ginsberg y Kerouac- que montaron este tren desde muy pronto. En realidad, la calidad de algunos de estos libros ha forzado la segunda apreciación de ´generación Beat´, más extendida pero equivocada, que dice esta generación beat es un grupo de escritores.

Ni tampoco es -tercera acepción, y la más peligrosa de todas- un grupo de personas desastradas pero elegantes, con exquisito gusto para el Jazz (principalmente el be-bop), que escriben poesías e insultan a los trajeados. La generación beat es una Generación, con g de gente, que se enfrentó a lo que se enfrentó y reaccionó como buenamente pudo, pero que demostró que hay más caminos que los oficiales cuando uno decide imponer las reglas a nadie excepto a sí mismo.

"Vive tu memoria y asómbrate"

Jack Kerouac

Según Kerouac y Ginsberg, hallaron la palabra en la jerga de los buscavidas y los jazzmen neoyorquinos: dead beat o beat-up equívalia a estar machacado, alienado. Exiliado en la sociedad convencional. Todo ese mundo oscuro del jazz era punto de referencia y de admiración para la generación beat. Coincidieron cronológicamente con el nacimiento del be bop y celebraron a los grandes "terroristas del jazz", como Charlie Parker, en infinidad de poemas y relatos. Existen muchas grabaciones de spoken words , sobre bases de jazz, de la mano de Ferlinghetti , Rexroth, Kerouak, y otros tantos. Por otro lado el bautismo de la generación beat se produjo el 16 de noviembre de 1952, cuando john Clellon Holmes publicó en el New York Times un artículo titulado: This is the Beat Generation". A partir de aquí el movimiento se convirtió en "oficial". Por otro lado Kerouak reivindico la paternidad del termino. Durante una entrevista con Holmes en 1948 pronuncio las palabras: "This is really a beat generation" ("esta es realmente una generación golpeada"). El mismo Kerouak cuenta que en 1944, encontrándose en Times Square, en Nueva York, se le acerco un agitador de Chicago llamado Herbert Huncke, y le dijo: "Man, I an a Beat". Huncke era amigo de Ginsberg, con quien compartió muchas experiencias

Este grupo, que acabó denominándose la Generación Beat, revitalizó la escena bohemia cultural norteamericana. Su energía se desbordó hacia los movimientos juveniles de aquella época (On the Road -En el camino, 1957- de Kerouac, asumió carácter de manifiesto universal de una juventud que quería huir de lo establecido), y fue absorbida por la cultura de masas y por la clase media hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Sus ideales abogan por un arte como manifestación de las texturas de la conciencia. Su canto a la liberación espiritual derivó hacia una liberación sexual, particularmente homosexual, que hizo de catalizador en los movimientos de liberación de la mujer y de los negros. Llevados por una visión tolerante y no-teísta, un antifascismo cósmico, un eclecticismo... se interesaron por las sustancias psicodélicas como herramientas de conocimiento.

Centraron su lucha en contra de los valores tradicionalistas y puritanos de Estados Unidos, contra el "American Way of life", un repudio implícito a los valores comerciales, para cuyo reemplazo proponían los ideales expuestos por Whitman en "Hojas de hierba".

Los beatniks, los miembros de la Generación Beat y sus partidarios, no son tan novedosos como se creyó cuando aparecieron, y fueron suprimidos del escenario por la publicidad. Una paradoja: luchaban contra la sociedad de consumo

Jack Kerouac

Es frecuente que una celebridad y la idea que sus admiradores tienen de ella no se parezcan demasiado: éste es el caso de Jack Kerouac, a quien los críticos acribillaron, la fama le llegó tarde, sus fans se negaron a asociarlo con sus obras y acabó fagocitado por el sistema al que nunca se había propuesto pertenecer.

Vivió siempre al margen de cualquier regla o estereotipo: fue un brillante jugador de fútbol americano para obtener una beca en la universidad de Columbia, cuando su único interés era escribir; se enroló en la marina mercante durante los años de la segunda guerra mundial; fue el alma mater del movimiento beat cuando siempre pensó que cualquiera de sus amigos (Burroughs, Cassady, Ginsberg...) eran más inteligentes y brillantes que él. Vivió al límite durante la segunda mitad de los cuarenta y principios de los cincuenta, años en que acumuló suficientes experiencias vitales para luego plasmarlas en sus libros. Sin embargo, cuando le llegó el reconocimiento económico y del público el ya estaba de vuelta de todo, no supo asimilar la popularidad y el dinero que ésta le reportaba y sus lectores no querían creer que ese borracho que aparecía en los shows de T.V. había escrito esos libros llenos de energía y ganas de vivir. De forma inconsciente se había labrado una reputación de personaje extraordinario.

Pero tenemos que acercarnos a Jack como amigo, a ese muchacho con los ojos siempre abiertos a lo que ocurría a su alrededor, al tipo simpático, a veces eclipsado por la arrolladora personalidad de sus compañeros, pero que era el punto de referencia del grupo, el único que sabía mantener la cordura en los momentos mas desfasados, para luego ejercer de cronista y dejar plasmada la imagen más humana del movimiento Beat.

Sólo por dos de sus obras: ´Los subterráneos´ y ´En el camino´ ya merece un hueco en el olimpo de la literatura del siglo XX (por otra parte son lo único realmente reseñable de su bibliografía). Este último libro pasa por ser ´la Biblia de la generación Beat´, ya que retrata de forma autobiográfica sus viajes por todo Estados Unidos y está protagonizado por todo el plantel de escritores del movimiento: la realidad supera a la ficción y apenas podemos creer que hayan existido nunca personajes tan locos, salvajes y, a la vez, geniales.

A pesar de que siempre había tenido éxito con las mujeres, nunca consiguió durar demasiado con ninguna; la única relación sentimental duradera que tuvo fue con las botellas de cutty sark. Durante sus últimos años Jack vivió con su madre, a la que siempre había adorado. Kerouac murió en 1969 de rotura de variz esofágica, o sea, de borracho; triste colofón para la vida intensa e inconformista de un hombre que sólo se encontró en su sitio a finales de los cuarenta viajando de un sitio a otro con sus amigos y con su talento todavía por demostrar. A finales de los ´50, principios de los ´60, empieza a repercutir la fama de "En el Camino", entrevistas en televisión, en la prensa, ventas abultadas. Jack no aguanta la presión del éxito que le otorgó, se encierra con su madre y escribe alejado de todo el movimiento beat (ya casí extinguido). Se transforma. Esa vida que le llevo a recorrer los Estado Unido de América de punta a punta desaparece. Escribía y por la noche bebía y bebía y regresaba a casa, muchas veces, "calentito" por la cantidad de alcohol que ingería y por las palizas que provocaba (en un claro sentido de autodestrucción). Según Ginsberg su comportamiento obedecía a un alejamiento voluntario del estado casi policial que se había organizado a su alrededor, pero también son notorias las declaraciones del Jack renegando de todos sus antiguos amigos, acusándolos de reaccionarios y deplorando el radicalismo del underground.

Según Burroughs (en una charla años más tarde con Lou Reed) el cambio no fue tal: "No cambió tanto, Lou. Fue siempre así. Primero había un joven sentado delante de la televisión en camiseta bebiendo cerveza con su madre, luego había una persona más gorda y más vieja sentada delante de la televisión en camiseta bebiendo cerveza con su madre…"."Y él andaba dándole fuerte a la botella, porque cogió otra habitación en el hotel y se quedó a pasar la noche, y empezó a pedir botellas de whisky y a beber por la mañana, que es una practica que a mí me parece horrorosa."

Y aquel día, el 20 de octubre de 1969, después de muchas borracheras y muchos viajes, su cuerpo no aguantó más y se le reventó una vena. Lo que le provoco una hemorragia interna. Fu trasladado al hospital de St. Anthony y los médicos trabajaron furiosamente. En las siguientes veinticuatro horas recibió once litros y medio de sangre. El 21 de octubre de 1969, a las cinco y media de la madrugada, Jack Kerouak, murió. Y ya nada volvió a ser lo mismo. Medio mundo, mas tarde (en los ´60), volvió a intentar emular lo que estos hombres lograron ser: protagonistas de sus propias historias. Y es curioso lo que jamás en la literatura se ha vuelto a repetir: inscribirse en la historia de la literatura como una generación, la Beat.


"Lo que único que se puede hacer es lo que uno quiere hacer".

William S. Burroughs

William Seward Burroughs ha escrito uno de los mejores libros de este siglo, mató de un tiro a su mujer, ha probado (y sobrevivido al consumo repetido de) todas las drogas imaginables por todos los métodos concebibles y anuncia Nike en TV. Es una de las personalidades más complejas del planeta y bien merece una lectura detenida.

W.B. nació en St. Louis, Missouri, en febrero de 1914. Nieto del inventor de la calculadora, creció rodeado por el lujo, una vida que pronto descubrió no le satisfacía. Ratón de biblioteca, fascinado con las armas y con una necesidad irrefrenable de romper toda regla de la que tuviese conocimiento, sus padres comprendieron que jamás podría ´integrarse´ en la sociedad, y, una vez que se graduó en Harvard, decidieron subvencionarle sus aventuras/experiencias. A principios de los treinta, tras involucrarse en los bajos fondos neoyorkinos, conoció a un grupo de enloquecidos inconformistas que estudiaban en la universidad de Columbia: entre ellos estaban Jack Kerouac, Allen Ginsberg, y su futura esposa, Joan Vollmer Adams. W.B. era mayor que ellos, pero quedaron impresionados por su inteligencia y su cinismo. Para entonces tanto K. como G. tenían inquietudes literarias; a los treinta años, W.B. aún no había empezado a escribir, pero todos los que rodearon a K. y G. acabaron escribiendo algo. Burroughs escribió primero Junky (Yonqui) -acerca de sus experiencias con la droga- y luego Queer (Marica), tan fuerte que no llegó a imprenta durante décadas. Se trasladó a Texas, donde intentó vivir como granjero hasta que, perseguido por su relación con las drogas, marchó a Méjico. Allí, bromeando ante amigos, haciendo de Guillermo Tell con un vaso en la cabeza de su esposa Joan (por primera y última vez), la mató de un tiro en la frente. La tragedia afectó terriblemente a W.B., que vagó por todo el mundo hasta aterrizar en Tánger, donde escribiría su Opus Magna: Naked Lunch (El Almuerzo Desnudo). La obra le convirtió en una celebridad underground, puesto que mantiene hasta el momento. Sólo dos datos recientes: grabó un disco con Kurt Cobain (W.B. contando un cuento, fondo de guitarra de Cobain) y ahora anuncia zapatillas deportivas.

Allen Ginsberg

Allen Ginsberg fue la voz de la herencia beatnik: mucho del poder del hippismo y de la conciencia social anti-Vietnam nació de su boca. Nació en junio de 1926 en Newark, New Jersey; su padre era poeta y profesor; su madre una comunista radical y una nudista irreprimible que enloqueció al poco de alcanzar la madurez (por lo que fue posteriormente hospitalizada de por vida y finalmente lobotomizada). Fue un niño tímido y complicado, dominado por los ataques de su madre y por el temprano descubrimiento de su homosexualidad. Descubrió la poesía en el instituto pero decidió labrarse un futuro estudiando Derecho Laboral en la Universidad de Columbia. Allí cayó ante la irrefrenable vitalidad de un grupo de personas como Jack Kerouac, William Burroughs o Neal Cassady, jóvenes filósofos igualmente obsesionados con el crimen, las drogas, el sexo y la literatura. Ginsberg, el más joven e inocente del grupo, les ayudó a pulir sus habilidades literarias, mientras éstos a su vez lo espabilaban un poco. Le expulsaron de la Universidad -la Norteamérica represiva-, comenzó a frecuenta ladrones y yonquis neoyorkinos -la mayoría amigos de Burroughs- y se enamoró perdidamente de Neal Cassady y le visitaba en Denver y San Francisco, comenzando una cinética de viajes de costa a costa que desembocarían en ´En el Camino´ de Kerouac. A los 29 años, había escrito mucha poesía pero no había publicado nada (había promovido las obras de Burroughs y Kerouac, pero no las suyas) hasta que decidió, en un ya mítico recital de 1955, presentar espectacularmente su poema Howl (Aullido); ganó fama instantánea, parte por la calidad del texto, parte por la denuncia por depravación sexual que le pusieron -la homosexualidad era imperdonable en la época-. Esa fama no le abandonaría, como a Kerouac, y la mantuvo cuando decidió entrar en los 60´s en la escena hippy -con todos los honores-, y como poeta americano tendría acceso a las grandes figuras de su tiempo y, sobre todo, a los grandes medios, y fue un factor esencial para desarrollar las protestas anti-Vietnam. Su actividad en los 60´s fue frenética y de enorme importancia. En los 70´s fundo la escuela de poesía The Jack Kerouac School of Disembodied Poetics, en Boulder, Colorado. En los primeros 80´s flirteó con el punk y colaboró con The Clash. Y en estos treinta años no ha dejado de recitar sus poesías.

"¿Habráse visto jamás semejante revelación? ¿Acaso no es una fantástica revolución de la conducta? ¿No será el descubrimiento de una realidad personal para las futuras generaciones? ¿No llevará finalmente a la Sinceridad por los siglos de los siglos? ¿Acaso no cambiará de una vez por todas la literatura y la política? Se supone que sí [...]"



Neal Cassady

Kerouac relata sus viajes con Neal Cassady (Dean Moriarty) en "On the Road". Dean era un "barriobajero", un loco, pero en realidad fue el "alma mater" de toda la generación beat, ya que su locura se consideró el verdadero dogma, la iluminación. Pasó media vida en reformatorios y también varias épocas en la cárcel. Conoció a Burroughs y a Keoruak en la costa oeste los cuales le adentran en la literatura. A partir de 1952 Cassidy comienza a ser protagonista de las novelas de sus amigos empezando por "Go" de John Clellon Holmes, pero la máxima repercusión de un personaje inspirado en su persona le llega de Dean Moriarty, el conductor incansable-insaciable de "En el Camino". También fue el conductor el conductor del autobús de los "Merry Pranksters" en sus "Viajes Intrépidos". Estos fueron un colectivo creado por Ken Kesey ( autor de otro de los referentes de la contracultura americana: "Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco". Libro por el cual consiguió el premio Pulitzer ) que se dedicaba a viajar por los Estados Unidos de América, en un viejo autobús escolar pintado de fluorescente, con unas 15 personas ( los Merry Pranksters ) vestidos con monos hechos con tela de la bandera americana, repartiendo LSD gratuitamente y realizando los famosos ACID TEST, que inventará Timothy Leary (El, primero doctor y después gurú, que fue expulsado de la universidad de Harvard por experimentar con sus alumnos el LSD). Neal fue una leyenda en vida, por eso su muerte también se convirtió en leyenda. Le encontraron junto a las vías del tren en México. Se creé que se apostó con otra persona sobre el número de traviesas que tenia la vía hasta llegar a otro punto distante a unos cincuenta kilómetros…. Sus últimas palabras fueron: "Setentamil novecientas dieciocho".


La dolce Beat
Ricardo Hinojosa Lizárraga

Han pasado 50 años desde que el fenómeno Beat remeciera por primera vez los cimientos más firmes de la pacata sociedad norteamericana de posguerra. A pesar de ellos mismos, de su independencia creativa y de su dependencia y experimentación con numerosas drogas, su mensaje logró calar hondo en muchos jóvenes que andaban sin rumbo, en busca de una señal que les indicara un mundo quizá no mejor que el de siempre, pero que al menos les ofrecía sólo una única regla: ser libres. Señalados como enemigos de la sociedad, perseguidos por la ley, acusados de degeneración y obscenidad, los Beats han hecho perdurar la esencia de un mensaje probablemente hoy más vigente que nunca: esa verdad que se oye en los gritos de auxilio de los marginados, de todos aquellos a los que la sociedad niega una posibilidad de reinserción... y de redención.


Neal, ahora seremos héroes de verdad
en una guerra entre nuestras vergas y el tiempo:
seamos los ángeles del deseo del mundo
y llevémonos el mundo a la cama con nosotros antes de morir.

Allen Ginsberg, El automóvil verde

Alguna vez los llamaron peyorativamente Beatniks. La carrera espacial y la guerra fría estresaban al mundo y el satélite ruso Sputnik —primer peregrino terrícola que recibiría la vía láctea— estaba de moda en esos años. Pero, irónicamente para algunos, quizá hoy resulte aún difícil aceptar el carácter profético de esa joda. No muchos tolerarían que aún hoy esos paladines del exceso orbiten sobre nuestras cabezas y más allá de los muchos prejuicios que siempre han intentado minimizar su obra.

Conocido es que la historia de la literatura ha visto desfilar muchos personajes caracterizados por su poca predisposición a aceptar los lineamientos del sistema, verdaderos arquetipos del “malditismo” más “ortodoxo”, desde François Villon hasta Jean Genet, sin olvidarse claro de genios como Baudelaire, Rimbaud o Poe. Ladrones, asesinos, drogadictos, homosexuales, alcohólicos. La pregunta sobreviene inevitable: ¿es posible conjugar en armonía el arte y lo prohibido? ¿Lo censurado y lo incensurable?

Los Beats se convirtieron en los más preclaros representantes del peculiar sincretismo de estos antagónicos conceptos durante el siglo XX, escribiendo cada párrafo a ritmo del jazz de Charlie Parker o Dizzy Gillespie (el axioma “Primer pensamiento, mejor pensamiento”, que sintetizaba el estilo de escribir de los Beats, está inspirado en la libertad de acción del jazz), viviendo al margen y motivando virulentos comentarios acerca de sus integrantes, como el de cierta reseña periodística de la época: “Gregory Corso era un caso perdido. Era un chico malo, un rebelde sin causa”, a lo que siguió la más amplia descripción del prontuario delictivo de uno de los más reconocidos miembros del movimiento Beat. Y de repente, como una canción aprendida de memoria, surgían a su alrededor los nombres de toda la tropa de encantadores y desencantados sinvergüenzas: Kerouac, Cassady, Burroughs, Ginsberg, Ferlinghetti. Todos reunidos en la librería City Lights pariendo, quizá sin querer, lo que más tarde se conocería como contracultura. Una vez reconocidos por el público, Kerouac intentó reivindicar el significado de la palabra beat: “Beatitud”, “Beatífico”, conexión que se explicaba porque en sus ideales, el movimiento se sentía atraído por la naturaleza de la conciencia orientada a la comprensión del pensamiento oriental. El fracaso, la derrota u oscuridad (Beat = golpeado, según la definición apócrifa dada por los medios) precedentes a la apertura a la luz.

Aunque para el americano promedio intolerante sólo se trataba de otra burda caterva de adictos a las drogas, el alcohol y el sexo. Para todos y entre todos. Si individualmente hablamos de tres indiscutibles pruebas de inmoralidad para la época, el paquete completo era ya el colmo. El escándalo no se hizo esperar. El zamaqueo del american way of life ante las habilidades literarias y el carisma y popularidad de sus bastardos, tampoco. El germen para la generación de las flores y la V hecha con los dedos a cada prójimo. Sí, pues, Dylan, Joan Baez, Jerry García, Ken Kesey y la Era de Acuario, tal como se entendió en los 60s, tuvieron padres. Y de pronto en ese contexto Corso —el chico malo— fue uno de los gérmenes de la explosión del flower power que cambiaría al mundo en esos años. De pronto también Burroughs, aquel que intentó desmarcarse de la cuestión Beat para terminar convirtiéndose en su mentor y que años atrás asesinara a su esposa obnubilado y pasuchi a causa de la benzedrina y quién sabe por qué más. Y no olviden a Ginsberg, judío, comunista, homosexual, vocero extraoficial de las minorías y los inadaptados, que se liberaba con drogas como si al hacerlo liberara a su madre del manicomio en el que se extinguió de a pocos. Mientras tanto, Kerouac y Cassady germinaban lo mismo desde el fondo impronunciable de sus botellas, con el suficiente alpinchismo requerido por la historia de la literatura universal, para hacerle frente a los obstáculos que, como callos en el cerebro, ostentan las mentes mediocres y geométricas de siempre. La censura existió pero Catón ya estaba muerto. Los Beats bailaron sobre su tumba.

Adolescentes perpetuos

Aunque, a decir verdad, en esencia lo único que ellos buscaron intencionalmente fue lo mismo que busca un adolescente confundido: ser escuchado por sus padres. Pataletas algunas veces, verdadera rebeldía otras. Alcoholismo y banal drogadicción. Pública y tormentosa tendencia a la autodestrucción. Talento literario suficiente para desnudarse por completo ante el lector. Cojones suficientes para evitar la autocensura y poder zurrarse en la hipocresía de sus contemporáneos. Era hora de quitarse el esparadrapo de la boca y decir las verdades que nadie más decía. Si sus padres generacionales no los escuchaban, a causa de la sordera que produce el chauvinismo, el Tío Sam sí lo haría y, sintiéndose amenazado, castigaría con índice acusador, primera piedra entre ojo y ojo, censura social y represión absoluta. La excomunión sigue siendo esperada. Y ante esto los Beats se cagarían de risa compartiendo una hipodérmica en algún cuartucho, irremediablemente empapelado de poesía, para que las miradas del prejuicio exterior no interrumpan la ceremonia.

Les enfants terribles

Estos individuos, evidentemente considerados outsiders (por no decir parias), de una sociedad fofa y con la faja ajustada e imprecisa —pues sólo las calles que transitan tienen algo de concreto— germinaron algo que el establishment siempre ha considerado peligroso y que también, desde La República de Platón y El Quijote hasta En el camino del mismo Kerouac y muchas más en adelante, siempre ha sido visto por la literatura y la filosofía como algo intrínseco al hombre, pero cuya naturaleza y real significación anda cada vez más postergada: la iniciativa. La capacidad de preguntarse ¿por qué?, de ser diferente por convicción, de dudar de lo preestablecido, no sólo como parte del carácter iconoclasta propio del artista, sino llevando consigo un criterio de equilibrio social, búsqueda de la conciencia, prevalecimiento del raciocinio y la exaltación de la vida desbordando todos sus límites, por más hedonista, temeraria o criticable que suene la invitación. Esa era la verdad expresada incesantemente en sus escritos y en esa manifestación de vitalidad inagotable apellidada Cassady. Ese que no publicó nunca pero cuya manera de vivir y cuyas cartas inspiraron directamente la manera de escribir de Kerouac, por mencionar sólo uno. El sendero sin final, el abismo al que hay que llegar para encontrar la verdad y a través de ella una posibilidad de reivindicación, se ve retratado de diversas maneras en novelas como El almuerzo desnudo (Burroughs), En el camino (Kerouac), o el mencionado poema Aullido (Ginsberg) y a lo largo de toda la obra de Corso, Ferlinghetti y otros como Gary Snyder, Carl Salomon o Philip Lamantia.

Los Beats no sólo dieron el impulso necesario a la generación que protagonizó la década que más y mayores cambios produjo en el siglo XX, no sólo en Norteamérica sino a nivel global (lucha por la igualdad racial, la liberación femenina, el fin de la guerra de Vietnam, las exigencias sociales por cambios esenciales en la economía y la política mundial, etc.) sino que dejaron una enorme bibliografía como legado para jóvenes que aún hoy, 50 años después, encuentran ideas en común, curiosidades similares y un grado de identificación y contemporaneidad en los problemas constantes que enfrentar, para con ellos mismos, su familia y la sociedad, que difícilmente encuentran en otra generación de escritores.

El aullido del gurú judío

Este año se cumplirán 50 años de la publicación oficial —gracias a City Lights, la editorial y librería de Lawrence Ferlinghetti— de un Aullido que, más que cualquier otro, causó ¡al fin! el verdadero estrépito que la sociedad norteamericana de posguerra, hasta entonces arrullada por el heroico Eisenhower y por el desenfrenado McCarthy, necesitaba para generar una actitud distinta. Algo más rudo que el tecito casero de la hipocresía social, un relámpago de creatividad y lucidez (a pesar de las drogas o por ellas mismas, merecen el beneficio de la duda) que caliente la idea del pacifismo y enfríe hasta helar la guerra que ya se cocinaba en las mentes de su cúpula gobernante.

Aullido (Howl, 1956) no sólo fue censurado por obscenidad y pornografía —al igual que, por ejemplo, Yonqui, de William Burroughs— sino que puso la cruz sobre el sereno y hasta entonces tímido Ginsberg, de escritor maldito. Y ese malditismo fue, a posteriori, absolutamente consecuente con el color de la aureola (o perdón, de los cuernos) que ostentarían todos, algunos más temprano que otros. Satanizados y negados como ejemplo para los “propósitos educativos” que su país “requería” ya entrados a la Guerra de Vietnam (y antes en Corea) y exaltados más tarde, cuando convenientemente se les empezó a etiquetar como un nuevo producto de los mass media, como una manera de trivializar su mensaje, pero finalmente reivindicados por la historia, como sólo ocasionalmente hacen los antihéroes, los que escupen al cielo para que éste los absorba a su parnaso una vez muertos.

El sobreviviente

1956 fue el año en que por primera vez Allen Ginsberg reconoció pública y literariamente haber visto a las mejores mentes de su generación destruidas por la locura (no sólo en su país sino en sus numerosos viajes alrededor del mundo, uno de los cuales lo traería al Perú, siendo [a]cogido por Martín Adán, con quien se dice mantuvo un tormentoso affaire) y, 50 años después, el único que puede atestiguar que tanto él como Kerouac, Burroughs, Cassady y Corso existieron de verdad y no son sólo unas fotos falsas, cartas apócrifas o unos videos trucados por alguna agencia del gobierno que quiere inventarle al mundo que siempre hubo rebeldes y que no se preocupen por concebir más, es Lawrence Ferlinghetti quien, a punto de cumplir 87 años y con una imagen física que recuerda al Whitman que tanto admiraron él y sus partners, mantiene sostenido entre sus travesuras de abuelito picarón, el espíritu fundamental del artista Beat. “Y yo soy el cronista de un periódico / de algún otro planeta / que ha sido enviado a escribir la vida / en el planeta tierra / a contar las historias / de qué, cuándo, cómo, dónde y por qué”, escribió alguna vezél mismo, y tuvo razón. Sigue entre nosotros. Él, que fue el escogido para ponerle a “El Libro” la palabra FIN.

En una de sus últimas apariciones públicas de relevancia, en la Ciudad de México hace casi tres años, y al lado de sus amigos, escritores, bohemios y demás joyitas, fue el protagonista de una aún recordada sesión de beatinismo recargadoen el legendario Cabaret Bombay: los efluvios del alcohol y la poesía eran inversamente proporcionales a los de su coherencia y tranquilidad. Así que el buen Larry, en la cumbre de la juerga, subido al estrado de la orquesta y en una admirable actitud, mezcla de vigente juventud y beodo mesianismo, declamó una oración sobre la ética y la validez de la poesía Beat y el derecho inalienable para cada uno de nosotros, de discrepar con la realidad impuesta que hiere a tantos y que culminó con la arenga final con que el viejo general exhortó a sus tropas de paz y constructiva locura: “¡Viva la Poesía, religión proscrita por la estupidez universal!, ¡Viva el salón Bombay!, ¡Viva Zapata!, ¡Vivan los zapatistas! ¡Viva Walt Whitman! ¡Viva América libre!”.

El FIN parece bastante lejos. Imposible mientras el anciano sabio de la tribu se sepa inmortal.

“¡De ninguna manera!, tronaron los dioses
¡Todo lo que has obsequiado nos pertenece!
¡Nosotros lo creamos!
¡Incluso creamos a aquellos como tú!”.
Entonces fue cuando obsequié a los dioses.
Gregory Corso.

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