lunes, 15 de octubre de 2007

Mary Kelly

Mary Kelly
Prefacio al Documento Post-Partum

(1982)

Documento Post-Partum fue concebido como un proceso en curso de análisis y visualización, sobre la relación entre madre e hijo. Nació como una instalación en seis secciones consecutivas, constituyéndose totalmente en 135 unidades pequeñas. Siguió creciendo como una exhibición, adaptándose a una variedad de géneros (algunos realizando mi deseo de que fuera lo que quería que fuera, en otros resistiéndose, transgrediéndose), y finalmente se reprodujo en la forma de un libro.

¿Y para qué invocar la metáfora de la procreación para describir un proyecto que explícitamente rechaza cualquier intento por naturalizar el discurso de la actividad de las mujeres en el arte? Primero, quiero reconocer el modo en el que todo texto artístico está puntualizado con un significado inconsciente que pasa a través de las limiantes del medio o de la intencionalidad. Segundo, quisiera subrayar una de las preguntas centrales y quizás más controversiales que esta obra postula, en relación con el deseo de la madre: la posibilidad de un fetichismo femenino.

Se dice que la identidad sexual es el resultado del pasaje precario llamado el complejo de Edipo; un paso que en cierto sentido se termina con la aceptación de la castración simbólica. Pero la castración también se halla inscrita en el nivel de lo imaginario, esto es, en la fantasía, y aquí es donde se origina el escenario fetichista, donde continuamente se recrea. El reconocimiento de la diferencia en el niño entre la madre y el padre es, por encima de todo, la aceptación de que la madre no tiene el falo. En este caso, ver no necesariamente es creer, ya que lo que está en juego para el niño es realmente la interrogante sobre su relación con el tener o el ser. De ahí que el fetichista, convencionalmente asumido como masculino, postpone ese momento de reconocimiento, aunque ciertamente ha logrado el paso: conoce la diferencia, pero la niega. En términos de representación, esta negación está asociada a una iconografía de imágenes pornográficas, en las cuales el hombre es reafirmado por la posesión de la mujer de algún tipo de sustituto del falo o alternativamente por la forma, por toda la composición de su cuerpo. No obstante, la mujer, en tanto que el resultado del momento Edípico a involucrado en algún momento la opción de un objeto heterosexual (esto es, se ha identificado con la madre y ha tomado al padre como un objeto de amor) también postpondrá el reconocimiento de la carencia, con miras a la promesa de tener al niño. Al tener al hijo, en cierto sentido, tiene al falo. De modo que la pérdida del niño es la pérdida de la plenitud simbólica, o más exactamente, la habilidad de representar la carencia (el niño se convierte en una representación de aquello que carece).

De acuerdo con Freud, la ansiedad de castración para el hombre muchas veces se expresa en las fantasías como la pérdida de brazos, de piernas, de cabello, de dientes, de ojos, o del pene mismo. Cuando Freud describe los temores de la castración en una mujer, este escenario imaginario toma la forma de la pérdida de sus objetos amados, especialmente sus hijos; el hijo crecerá, la dejará, la rechazará, o quizás morirá. De manera que se retrase o se desautorice esta separación que de alguna manera ya reconoció, la mujer tiende a fetichizar al hijo: lo viste, le sigue dando comida sin importar qué tan viejo esté, o simplemente teniendo a otro “chiquitín”. De modo que, quizás en lugar de la noción más reconocible de la pornografía, es posible hablar de la memorabilia de la mujer –el modo como guarda las cosas—primero zapatos, luego fotografías, mechones de cabello o boletas de calificaciones. Mi obra procede desde dicho lugar; en vez de que sean primero zapatos, primero palabras tipografiadas, pañales manchados, impresiones de la mano, fragmentos de chupones, dibujos, escritos o incluso plantas e insectos que fueron sus regalos; todos estos tienen la intención de ser vistos como objetos transitivos; no en el sentido de Winnicot (un psicoterapeuta. N. del Trad.) de los sustitutos, sino más bien bajo los términos de Lacan, como emblemas del deseo. Por un lado, he intentado desplazar la fetichización potencial del niño en la obra de arte; pero también he tratado de hacerla explícita, de manera que pueda cuestionar la naturaleza fetichista de la representación misma.

Ahora bien, la publicación del Documento Post-Partum provoca otra interrogante: ¿Cuál es la diferencia entre ellas –la exhibición “original” y su retoño libresco, qué tipo de pérdida es sostenida por su inevitable separación?

Como instalación, al interior de un espacio tradicional de galería, la obra se suscribe a ciertos modos de presentación; el enmarcado, por ejemplo, hace parodia de un tipo común de presentación museográfica en tanto que permite que mi arqueología de la vida diaria se deslice sin anunciarse en la gran sala y hacer preguntas impertinentes a sus dueños. Esta lectura depende mucho de la relación afectiva del espectador, con respecto a la configuración visual de objetos y de textos. Obviamente habrá una pérdida de este tipo de especificidad material, al momento de ver reproducciones en blanco y negro, pero lo que he intentado mantener, en lugar de un registro preciso o un sustituto fotográfico del “objeto real”, se encuentra una cierta textura, una sensibilidad asociada con su función como huella mnémica. En este contexto, encontré que tenía sentido deshacerme de todos los marcos, dejando que se deslizaran hacia las orillas de las páginas, adquiriendo el tamaño y la forma del libro mismo; definido por distintas instituciones, referido a otros límites (Pude notar que un tamaño raro es conocido en el medio como un “bastardo”).

Efectivamente, una exhibición no parecería ser un pariente legítmo para un libro. La autoridad de dicha obra se halla tantas veces apoyada por discursos académicos que se definen precisamente por la diferencia que tienen con la actividad artística; por medio de objetos definitivos, de fuentes confiables, y por medio de secuencias lógicas; por ser leídos de principio a fin. Una exhibición toma lugar, pero nunca completamente, nunca de cubierta a cubierta, excepto en el catálogo, que es exactamente la razón por la cual la exhibición como sistema (i.e. incluyendo el campo asociado de las publicaciones), debería ser el objeto de la crítica del arte, más que la noción utópica del marco individual. Aunque es sujeta a las limitaciones de un sitio determinado, la exhibición como sistema intertextual es potencialmente autoreflexivo.

Como exhibición, el Documento Post-Partum tiene la intención de construir distintas lecturas o maneras de entrar en la obra, indicadas por la yuxtaposición de objetos encontrados y de comentarios por medio de una serie de diagramas. Estos diagramas, a su vez, refieren al espectador hacia otro texto, titulado Pies de página y Bibliografía, donde el material enmarcado vuelve a trabajarse para poder crear un espacio de reflexión crítica más que una explicación como tal. Sin embargo, bajo la forma del libro, los pies de página están intercalados con las ilustraciones, de manera que pueda cerrarse esa brecha, de llevar lo visible hacia un campo más firme, en el espacio de lo legible. La variación tiporáfica fue una manera de intentar evitar ese tipo de cierre, de tratar de mantener la heterogeneidad y apertura del “original” (¿la madre?). Quería evitar poner sobre la mesa una oposición entre la imagen y el texto. Como un ideal, cada parte debería tener la posibilidad de convertirse en eso otro que es la “escritura”, o quizás se convertirían en lo mismo.

Inicialmente, el lector será atraido por la historia de la madre. La narrativa en primera persona describe una serie de eventos particulares sobre la relación que tengo con mi hijo, desde el nacimiento hasta la edad de cinco años. Eventos tales como el destetar del pecho, el aprendizaje del habla, el comienzo de la escuela, la escritura; pero el Documento Post-Partum no es simplemente un libro sobe desarrollo infantil. Es un esfuerzo por articular las fantasías de la madre, sus deseos y sus apuestas en ese proyecto llamado “maternidad”. En este sentido, igualmente no es una narración tradicional; siempre se postula un problema pero nunca se llega a una resolución. Sólo puede leerse una recreación de los momentos de separación y de pérdida, quizás porque el deseo no tiene fin, se resiste a la normalización, ignora la biología, dispersa al cuerpo.

Quizás por esto también me parecía crucial, no en el sentido de un imperativo moral, sino como una estrategia histórica, evitar la figuración literal de madre e hijo, de evitar cualquier medio de representación que arriesgara la recuperación como si fuera “una estampa de la vida”. El acto de usar el cuerpo de la mujer, de su imagen y persona, no es imposible pero sí problemático para el feminismo. En mi obra he tratado de pasar a través de la representación predominante de la mujer como el objeto que se mira (donde el hombre es el único depositario de la mirada), de manera que pueda cuestionar la noción de la femeneidad como una entidad otorgada de antemano, para poner mejor en primer plano su construcción social, como una representación de la diferencia sexual al interior de discursos específicos. Para mí, esto no es una nueva forma de iconoclastía, sino una aspiración compartida (¿verdaderamente postmodernista?) de “retratar” a la mujer como el sujeto de su propio deseo.

Aunque la historia de la madre es mi historia, el Documento Post-Partum no es una autobiografía (tampoco pienso que este libro sea una monografía de artista). Sugiere una interacción de voces: la experiencia de la madre, el análisis feminista, la discusión académica, el debate político. Por ejemplo, en las secciones Documentación y Experimentum Mentis, el modo de la referencia cambia a la tercera persona. Aquí, la Madre (ella) ya no es tan accesible, tan repleta (no es alguien que es como tú, como tú fuiste o como quisieras ser). Para el lector, esto implica un momento de separación (para algunos, quizá una incómoda confrontación con el Padre) o por lo menos un “espacio para respirar” en el texto.

Las notas de la Documentación comenzaron como un intento por explicar los procedimientos empíricos adoptados en obras individuales y probablemente terminó diciendo más sobre la insuficiencia de dichos sistemas de descripción. Un motivo por el cual se apropia un lenguaje seudocientífico en esta sección, fue para poder contrarrestar la suposición de que el cuidado de un niño está basado en el entendimiento natural e instintivo del rol de madre.

Esta posición, supuestamente “antiesencialista”, es retomada en la sección Experimentum Mentis, donde la femeneidad materna surge de la perspectiva del psicoanálisis freudiano y lacaniano. Algunos lectores indudablemente se preguntarán ¿Por qué Freud? ¿Por qué Lacan? ¿Por qué aprobar su autoridad “patriarcal”? Por un lado, para mí, estos textos son un medio con el cual trabajo sobre una experiencia difícil, es como una revisión secundaria, en el sentido psicoanalítico. Esto no es exactamente una manera de recurrir a la racionalidad como autoridad. Expresa un deseo más fundamental de conocer y de dominar.

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